Para que un vino consiga el sello que lo acredite como ecológico, habrán de tenerse en cuenta los abonos, los sulfitos y la materia prima utilizada.

Para que un vino sea considerado ecológico deben reunir una serie de requisitos muy claros que se aplican no solo a la elaboración sino a la tierra en la que se cultiva la viña, a las uvas y a la conservación del caldo.

Algunos de esos requisitos son:

  • Que los abonos utilizados sean orgánicos naturales, de origen vegetal como orujos o sarmientos triturados y de origen animal, como estiércol o compost.
  • Que los vinos se elaboren a partir de materia prima ecológica.
  • Que exista un control sobre la adición de sulfitos, que generalmente se añade en la vinificación convencional para conservar mejor el vino (inhibe bacterias y mohos y la oxidación del vino).
  • Que no se aplique ningún tipo de abono mineral.
  • Está prohibida la quema de rastrojos para mantener la flora microbiana.

Además de todo ello se elige el mejor momento de maduración de la uva, que suele ser en fechas tardías. El objetivo es conseguir una mayor concentración de sustancias antioxidantes, uno de los componentes más beneficiosos para la salud que posee el vino.

Además, por ejemplo, se prohibe la eliminación parcial del alcohol del vino o la eliminación de anhídrico sulfuroso mediante procesos químicos.

El sello de “vino ecológico” con el que se diferencia sus botellas permite al consumidor estar seguro de que el producto final y todo el proceso llevado a cabo anteriormente está libre de contaminación, es decir, se producen bajo los criterios bio establecidos por la Unión Europea.

En resumen,  se trata de vinos más puros, la viña crece sin ayuda y a lo largo de los años crea su autoprotección.

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