Hoy tengo una boda, para suerte de mi bolsillo no me suelen invitar a muchas, pero a esta me apetece ir. Se casa un gran amigo, con el que tuve ese flechazo inmediato de la empatía y el feeling , cuando aún remozando su local brocha en mano, cogió una silla para que me sentase y le contase que yo quería hacer eventos relacionados con el vino en su establecimiento y su contestación fue a todo sí.

A partir de ahí una sucesión de apoyo, amistad, risas, simpatía invencible, niños creciendo, confesiones en la cocina, alzamientos de flequillo y el siempre solícito abrazo a punto de saltar, abrazos sin cupo, sin numeración, sin despedida. Siempre digo que tener el mismo sentido del humor que otra persona no tiene precio, lo pone todo fácil y no hay malentendido insalvable, mi chico de la sonrisa rota se casa, mi rubio favorito, de los mejores profesionales de la hostelería que he conocido, la mano que no has de buscar, porque siempre está tendida, sin prisa y con pausa, querido sube el volumen que me voy a desmelenar.

En el momento preciso en que te invitan a una boda, existe la creencia de que las mujeres piensan inmediatamente en lo que se van a poner. ¿La boda es de día?, ¿de tarde?, ¿de postín? … No escapamos a comprarnos finalmente un vestido nuevo porque de los doscientos que ya habitan en nuestro armario ninguno es apropiado, aún así no soy una gran gastadora, suelo combinar cosas que ya tengo entre sí y salgo del paso, la actitud es un grado y el complemento siempre perfecto que pega con todo.

Cuando en aquel probador me enfundaba yo mi tan honroso vestido low cost con flores, me detuve. Recordé que la primera vez que entré en su local lucía un enorme flequillo rubio que le alejaba mucho de ser un canario al uso, que pintaba sus paredes color ciruela, que sin dudarlo le conté que en el vino y su difusión derivaban mis pasiones, fui a brindar el día de su apertura, nuestro cariño ya no tenía remedio. Hicimos eventos, descorché muchas botellas, creamos insólitos maridajes, rompimos moldes, brindamos por la vida, ofrecimos cosas que en nuestro municipio nunca se habían visto, aprendimos inglés entre tazas de chocolate, se hicieron amistades nuevas y bellas, llegué muchas veces pidiendo tila doble o con una botella nueva asomando por la esquina del bolso, y en mis platos de cumpleaños nunca faltó un felicidades y una copa de sirope de chocolate, en su pequeña cocina lavé mis lágrimas más de un día.

Definitivamente aquel era el vestido, aquellas grandes flores rompían los mismos prejuicios en fucsia, simbolizaban esa alegría manifiesta de pasarse por el forro las opiniones de otros, de ofrecer algo bueno y estar convencido de ello. De que lo que haces es lo que quieres hacer. De ver crecer a otro en el esfuerzo y la entrega diaria de jornadas que no parecen acabar y aún así sólo enfadarte si pierde el Barça.

Por supuesto a vestido nuevo, algo de maquillaje necesitas. Allá voy. Entrar hoy por hoy en un establecimiento de estas características es un deporte de riesgo para la Visa porque en cuanto te quieres dar cuenta estás en un taburete y te están echando mil potingues enfatizando lo cool que te quedan, yo sólo quería un lápiz de ojos.

Mirando a la chica que movía con efusión las brochas sobre mi cara, vi que sus ojos lucían en rabioso fucsia, también sus labios y una cantidad de colorete que evidenciaba que no tenía amigos entre sus compañeros de trabajo. La intensidad de su rubor me hacía pensar en Fray Perico y su Borrico … Cosas de la mente.

A veces pararse en estos pequeños detalles son una deformación profesional de la observación y el análisis, del mecanismo recurrente de evaluar, pero no deja de resultar curioso cómo a veces un color puede ser el hilo de una idea, de un recuerdo, de una amistad.

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Feliz día amigo, que tu viaje sea bien fucsia y que tu flequillo lo disfrute, brindo por ello y por los vinos que nos quedan.

Sara González Martín

Sara González Martín

Sumiller y T. Superior en Enología y Maridaje

Sumiller, Técnico Superior en Enología, Maridaje, Comercio y Marketing así como Docente de Sumillería de HECANSA en la Escuela Superior de Hostelería y Turismo de Santa Brígida en Gran Canaria.